11 ene. 2016

INTROMISIONES EN LA PRIVACIDAD DOMÉSTICA

No paramos de escuchar los profundos cambios que el mundo digital ha obrado en nuestros hábitos diarios. Y como era previsible estos cambios han condicionado la arquitectura doméstica en la misma medida en la que lo hicieron los electrodomésticos o la televisión en el pasado.
La pantalla del televisor, generó por sí misma una completa revolución al alterar el concepto de tiempo libre en el hogar, igual que la red ha cambiado la manera de trabajar, comunicarnos e incluso convivir.
Hoy nos parece ridículo, pero la penetración de la televisión en el hogar dio pie a muchos cineastas para interpretar un futuro doméstico dominado por la imagen televisada. El cine nos llenó de pantallas el hogar presente y futuro, como representación de la presencia de los medios en el devenir diario, pera también como una suerte de eliminación de la cuarta pared en el hogar.
Artistas como Dan Graham experimentaron con este concepto simulando el impacto que la intromisión en el espacio doméstico de un hogar ejercía sobre una comunidad.
Se parte de la premisa de que los espacios privados en los que si no fuera a través de los mecanismos audiovisuales el espectador corriente sería un intruso, son reinventados por los medios audiovisuales y convertidos en objeto de culto por la audiencia. Continentes y contenidos son emitidos pretendiendo representar una realidad que sin embargo es a menudo copiada y reinterpretada por la propia audiencia. 
Maqueta de Alteration to a Suburban House, Dan Graham. 1978.
En su proyecto Alteration to a Suburban House (1978), Graham sustituye la fachada de una vivienda suburbial por un vidrio colocando un gran espejo al interior paralelo a dicha fachada. Esto permitía la observación de la vida doméstica por parte de los transeúntes al mismo tiempo que observaban su reflejo en el interior de la vivienda. Sin duda una metáfora de la oferta creada por los medios en la que creaban una realidad a la que supuestamente copiaban. El espectador se identificaba con esa réplica de la realidad y la adaptaban a su propia vida, generando así una copia de la copia de otra copia.
En palabras del propio Dan Graham, “el gran ventanal es como un escaparate que vende el sueño de clase media americana, o como una valla publicitaria en la cual la vista de los transeúntes no se detiene por mucho tiempo, no analizan la escena, pero aunque se muevan velozmente no significa que no deseen conocer mucho más o no detecten lo que se salga de lo
convencional”. [1]

El deseo del ser humano de entrometerse en la privacidad del vecino ya sea a través de la televisión o bien de acción física de asomarse por una ventana, es un fenómeno largamente estudiado. Parte del éxito de la televisión americana de los años 50, consistió en ofrecer al espectador auténticas réplicas de sus vidas. Toda la oferta televisiva que se preciara contenía siempre las dosis justas de series y comedias de situación ambientadas en senos familiares que respondían al estándar clásico americano.
Fotograma del film Cinema Veritá (2011) y del programa Louds of Santa Barbara
Operaciones televisivas como Louds of Santa Barbara, un programa del mismo estilo que los “Big Brother”, fueron ya experimentadas durante estos años en Estados Unidos usando una familia como protagonistas en lugar de un grupo de concursantes. Aunque al principio la reacción del público fue adversa, en muy poco tiempo cada uno de los miembros de la familia llegó a convertirse en estrella. Dicho experimento fue de tal trascendencia para la historia audiovisual que en 2011 se filmó una película sobre esta experiencia titulada Cinema Verité.
Mientras la ficción televisiva se centraba en su aspecto más sociológico, el cine interpretó en clave visual los argumentos de la ciencia ficción de mediados del siglo XX. Vistió los entornos domésticos de pantallas de televisión desde las cuales se adoctrinaba al individuo, como en las versiones cinematográficas que Bradbury u Orwell pronosticaron para de Farenheit 451, (1966) o 1984 (Ninieteen Eighty-Four, 1984).
 Montag y su mujer frente al televisor, viendo un programa interactivo de Farenheit 451 François Truffaut, 1966.
Incluso en Desafío total (Total Recall, 1990), no solo las pantallas servían para ilustrar la tiranía del poder a través de los medios, también se podía pasar con un mando a distancia de las noticias a un bello paisaje que hacía las veces de ventana. 
Escenas de Hauser y su mujer en el apartamento y de una videollamada de Total Recall, 1990
Elementos como el teléfono, eran completados con una pantallita convirtiéndose en incómodas videoconferencias, como las que se ven en Aliens: El regreso (Aliens, 1986), precursoras del skype. El vídeo doméstico, la videocámara, el ordenador personal, las conexiones a Internet, la webcam, todo lo que en algún momento mostró el cine como algo maravillo al alcance de unos pocos, fue superado en poco tiempo. Las viviendas de hoy están repletas de pantallas emisoras o interactivas, creando en nuestra forma de vida sustanciales alteraciones con respecto al concepto de privacidad del individuo que ha dejado obsoleta la tecnología de la ciencia ficción pasada.
Lo que está claro es que independientemente de lo desacertado de algunos de los vaticinios cinematográficos respecto al entorno doméstico, el paradigma habitacional ha cambiado de tal modo que pocos se aventuran a imaginar futuribles.
En este sentido resulta muy refrescante la propuesta habitacional del productor artístico K. K. Barrett para Spike Jonze en Her (2013). Filmada en Shanghái y Los Ángeles, esta cinta nos presenta un horizonte social aterrador en un entorno urbano extremadamente amable en el que la enormidad de los espacios enfatiza la soledad del individuo.
Escenas de Theodore en su trabajo en Her (2013) de Spike Jonze
Her es a fin de cuentas un drama romántico, la historia de un romance entre una persona real y un dispositivo virtual. En este contexto científico fantástico, se nos presenta un futuro posible desprovisto de dispositivos físicos innecesarios que se presentan en entornos tan apacibles que casi resultan ficticios. Construida a base de retales de Pudong y Los Ángeles, la ciudad de Theodore (Joaquin Phoenix) está peatonalizada, minimizando el impacto sonoro del tráfico, pero también contribuye a descontextualizar cronológicamente la acción.
Escenas de Theodore paseando por la ciudad en Her (2013) de Spike Jonze
Los interiores que habita Theodore en su trabajo y en casa, son igualmente cálidos y espaciosos, especialmente su apartamento para el que escogió una vivienda de la WaterMarke Tower en el centro de Los Ángeles. Una vivienda exquisita pero muy real, muy cercana a un imaginario estético ya aprehendido.
Escenas de Theodore en su apartamento en Her (2013) de Spike Jonze
Y esto es lo más innovador de la escenografía de Her, no es la arquitectura la que carga con el peso de transmitir al espectador esa idea desalentadora de un futuro de almas atormentadas por una soledad auto infringida, es la propia trama la que dirige la acción en este sentido a pesar de lo idílico del decorado. El “malo” tampoco es la tecnología, que se convierte en definitiva en una víctima más de la ruptura del último umbral de la privacidad doméstica.
Como enunciaron hace más de una década los arquitectos Elisabeth Diller y Ricardo Scofidio Hoy, la paranoia está cambiando: del temor a que alguien esté vigilando al temor a que podría no haber nadie vigilando.”[2]



[1] Colomina, Beatriz. Focus. Double Exposure: Alteration to a Suburban House (1978), pág 82. Dan Graham Phaidon Press Limited, Londres 2001.
[2] Diller y Scofidio. Jump cuts. Fisuras 5, pág 109. Madrid 1997.

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