11 may. 2012

LA ARQUITECTURA DE AL LADO


A la hora de analizar una película desde el punto de vista de su escenografía, no debemos pasar por alto la capacidad de adjetivación que dichas arquitecturas tienen sobre sus personajes.
Merece la pena detenerse en las tendencias que con respecto a la arquitectura, manejan muchos cineastas y en las que de forma reiterada, atribuyen al malo las arquitecturas más singulares.
En 1928 Robert Mallet-Stevens publicó Le decor moderne au cinemá. En el prólogo de este libro comentaría: "El público (para las gentes del cine) ama los interiores rústicos estilo hostería y los ornamentos Pompadour; el público no quiere que lo desconcierten, está habituado, cuando una habitación es Luis XV, a reconocer un salón, lo mismo que un caballero con bigote fino es el villano", y prosigue: "Las gentes del cine admiten un decorado moderno, pero exclusivamente para los lugares de desenfreno: dancings o el tocador de una mujer de mundo, lo que permite suponer que los esfuerzos admirables, las investigaciones de pintores, de decoradores, de arquitectos son buenas para encuadrar a gentes ebrias o de mala vida"..[1]

Portada de “Le decor moderne au cinema”, 1928 Robert Mallet-Stevens
 
Incorporando a la narración el componente de la ambientación, se dota a los personajes de las cualidades necesarias para hacerlos partícipes de una trama concreta. Se introduce así el concepto de la caracterización ambiental, mediante el cual se dotaría a los espacios arquitectónicos filmados de una cierta personalidad capaz de condicionar el carácter de sus habitantes.
En el cine comercial al más puro estilo de Hollywood, el rol del villano cuenta con viviendas de aire contemporáneo, cuidadosamente situadas y que en ocasiones llevan detrás la firma de un conocido arquitecto. Interiores luminosos, objetos de diseño, escogidas obras de arte y contadas antigüedades, casi siempre orientales, constituyen el sello de identidad de un personaje cuyos valores estéticos son deliberadamente asociados con una refinada crueldad.
Esta identificación de la estética de la arquitectura moderna con el personaje de “el malo” hace que, aunque su vivienda pueda llamar la atención, no resulte del todo tranquilizadora ni apropiada a los ojos del espectador al situar a su personaje antagónico, el héroe, en un entorno más tradicional asimilable a la imagen comúnmente asociada con la de un hogar.
El mensaje vertido desde el cine hace énfasis sobre el miedo a lo no convencional, y alerta acerca de los aspectos negativos que tales ambientes pueden tener sobre las familias tradicionales. A su vez, el ideal de héroe pasa por encajar en ese status de clase media encarnado en el estereotipo de “chico de la puerta de al lado” poseedor de los extraordinarios valores de un superhombre, lo que sí se analiza, resulta más cómico que la imagen tradicional del villano de bigote fino.
Inevitablemente, las casas revelan algo de las aspiraciones de sus habitantes ya sean reales o de ficción y la valentía de la que alguna de estas viviendas “no tradicionales” hace gala, deja en manos del personaje del malo una cualidad que se le suponía por defecto a su antagonista.
Pero ¿Qué sucede cuando dos personajes supuestamente antagónicos conviven en uno de estos entornos? 
Esta es precisamente la circunstancia en la que Mariano Cohn y Gastón Duprat nos introducen en la película El hombre de al lado, 2009. Ambientada en la casa Curutchet situada en la ciudad de la Plata obra del arquitecto Le Corbusier, El hombre de al lado plantea el conflicto que se produce entre dos vecinos cuando uno de ellos decide abrir un hueco en el patio común entre ambas viviendas.
Casa Curutchet de Le Corbusier. Ciudad de La Plata, Argentina (1949-1953)
De esta manera la película comienza planteando al espectador un escenario de conflicto en el que en apariencia hay un vecino agresor (Víctor interpretado por Daniel Aráoz), y uno agredido (Leonardo interpretado por Rafael Spregelburd).

Escena de la película El hombre de al lado (2009), grabada en la casa Curutchet

Escena de la película El hombre de al lado (2009), grabada en la casa Curutchet

Leonardo encarna a un diseñador de impecable gusto, mientras que Víctor es presentado como un vendedor de coches usados, vulgar, y un tanto rústico.
A medida que el conflicto sobre la idoneidad del hueco abierto por Víctor se va agudizando, las cualidades humanas de ambos personajes se van desvelando hasta un punto inquietante.
Sin desvelar el desenlace del litigio, lo que si es cierto es que tanto la ambientación montada a medida del personaje de Leonardo sobre la casa Curruchet, como sus gustos y aficiones son exageradas hasta el punto de resultar tan ridículas como la manera en la que encara la situación con su vecino.
Se genera así en el ánimo del espectador una relación biyectiva entre el personaje y su hábitat, de tal manera que las cualidades y los defectos del personaje, acaban incidiendo en su arquitectura y al revés.

Escena de la película El hombre de al lado (2009), en la que Leonardo habla con Víctor a través del patio

Escena de la película El hombre de al lado (2009), en la que Leonardo y Víctor hablan de la ventana

¿Acaso se identifica de manera intencionada cierto tipo de arquitectura de autor con el villano, bajo el deseo inconsciente de adjetivarla negativamente? ¿O tal vez, se pretende poner de manifiesto su carácter minoritario, haciéndola digna de tan excéntricos personajes, con pocas posibilidades de ser habitadas por gente corriente?
Es poco probable que tales intenciones se alberguen en la mente de los cineastas, al menos conscientemente, sobre todo cuando desde los años treinta, la elite de Hollywood había estado cultivando una escuela progresista de arquitectura moderna, encargando el diseño de sus propias casas a arquitectos como Rudolf Schindler, John Lautner o Richard Neutra, aflorando irónicamente en sus propios filmes como lugares que simbolizaban el pecado. 

Casa Lovell, Richard Neutra, 1929

Escena extraída de L.A. Confidential (1997), en la que aparece la casa Lovell
 
Mientras que Hollywood parece seguir un código según el cual adjudica una cierta tipología residencia a cada personaje, desde el cine europeo y latino americano la tendencia conduce a diversificar las distintas viviendas urbanas. Así se nos muestra que la tipología de vivienda unifamiliar de periferia urbana es la más indicada como residencia habitual de una familia compuesta por una pareja con hijos, en el caso de vivir en un bloque de pisos, si el personaje es joven, sencillo, ambicioso y posee un ciertos estatus social -que no económico- vive en un apartamento en el que se encuentra en esta situación por primera vez. El ático se reserva a un hombre soltero, rico, de cierta edad, bien educado y poco sentimental. En cualquiera de los dos casos, estas viviendas nunca serían adecuadas para un matrimonio con hijos y si por cualquier circunstancia alguno de estos personajes encuentra pareja y deciden fundar una familia, su primera reacción será mudarse a una vivienda más tradicional.
Quizá la única excepción a esta “regla no escrita” dentro del cine americano la constituyen los ambientes refinados y cosmopolitas de los exclusivos apartamentos neoyorquinos de la 5ª Avenida, que aparecen en las películas de Woody Allen, pero como ya he mencionado es un caso muy concreto y responde al tipo de cine personal, también llamado cine de autor, más cercano a la sensibilidad europea.
A pesar de que en el cine no procedente de Hollywood sea práctica habitual situar a los personajes en viviendas urbanas independientemente de su estado civil o su situación familiar, sí se cae en los mismos tópicos que emplea el cine americano a la hora de ambientar al villano. Los roles antaño definidos con claridad han de narrarse al espectador de manera sutil, a fin de ilustrar intelectos y caracteres cada vez más complicados. Si en algo ha evolucionado los personajes cinematográficos es en la complejidad de sus sentimientos y en la moralidad de sus acciones. Como en el caso de los personajes de El hombre de al lado, casi nadie es simplemente bueno o simplemente malo. Todo responde a unas circunstancias que se han de valorar de distinta manera según se perciban los condicionantes que lo rodean, dejando en manos del espectador la posibilidad de simpatizar con un malo en función de las circunstancias de su contexto. Esta relatividad es fruto de una adjetivación ambiental en la que la arquitectura cuenta en términos de lenguaje visual.
Quedémonos con el optimismo en el que el arquitecto Mallet Stevens finaliza su reflexión acerca de los escenarios y el cine afirmando: "¡Pero el cine debe ser un arte moderno y triunfará!"

Escena de la película El hombre de al lado (2009), Víctor divierte a la hija de Leonardo a través de la ventana


[1] Mallet-Stevens, Robert. Prefacio de Le Décor moderne au Cinéma. París, Ed. Ch. Massin et cie, 1928. En AA.VV. Rob Mallet-Stevens, pág: 124.