19 may. 2011

BURBUJAS Y PLASTICOS CINEMATOGRAFICOS

Teniendo en cuenta el intercambio biyectivo que se produce entre la arquitectura y el cine, siempre me ha sorprendido lo poco que ha transcendido la imaginería de Archigram en un género tan permeable como la ciencia ficción.
Es innegable que la estética Archigram, más allá de una suerte de fiebre revival, encierra un innegable atractivo, con planteamientos menos barrocos que los de Terry Gilliam y más verosímiles que muchas de las propuestas fantásticas del cine del último tercio del siglo XX. Quiero pensar que la razón por la cual los dibujos de Archigram no fueran tomados de referencia por el cine, es ajena a la calidad y en muchos casos verosimilitud de sus propuestas. Los proyectos de Archigram fundamentados en una confianza plena en la tecnología, proponían soluciones basadas en la búsqueda de la “inmaterialidad” de la arquitectura. La crisis energética de 1966 mostró una necesaria toma de conciencia sobre el límite de recursos no renovables de nuestro planeta, obligando a recapitular sobre cualquier intención extremista sin beneficio social no demostrable. Proyectos como The cushicle de Michael Webb, se centraron en investigar nuevas formas de vivir y hacer arquitectura a través de un programa de habitación mutable y adaptable a las necesidades de cada persona.

 
The Cushicle. Dibujos del proyecto de unidad habitacional portátil de Michael Webb, integrante de Archigram, 1966 

The cushicle se planteó como una invención que permitía a un individuo llevar un equipamiento doméstico completo en su espalda. A modo de mochila, esta unidad inflable permitía a su usuario tener un alto estándar de confort con un mínimo esfuerzo. Equipada con comida, agua, radio, una televisión miniatura y un aparato de calefacción, Chusicle podría convertirse en una unidad nómada con todos los servicios.
Menos sofisticado y por tanto más accesible, el Suitaloon mudaba su piel mecánica para pasar de mochila a traje. Concebida como una segunda piel plástica inflable, el Suitaloon sorprende por su simplicidad.
 
The Suitaloon. Imágenes del prototipo para el proyecto de unidad habitacional portátil de Michael Webb integrante de Archigram,1968
Proyectos como estos tan centrados en fomentar actitudes individualistas, no comulgaron demasiado con los valores sociales de esa época.
No solo parecían poco viables para su fabricación en masa sino que además, bajo el esquema social de la época, resultaban poco convenientes e incluso carentes de utilidad. Una década más tarde en 1976, John Travolta protagonizó de la mano del director Randal Kleiser una película titulada El chico de la burbuja de plástico (The Boy in the Plastic Bubble), basada en la historia real de David Vetter, un niño con inmunodeficiencia congénita severa. Como en las propuestas de Webb, la película mostraba una manera de vivir diferente, muy solitaria, forzosamente basada en una individualidad impuesta y como no, envuelta en plástico. El hilo argumental giraba en torno a la vida diaria de un niño que crecía en una jaula de plástico transparente totalmente estéril. En ese ambiente el único contacto que tenía el niño con sus padres se producía a través de un guante de plástico negro que sobresalía de la burbuja, lo que contribuía a alterar la relación normal del sujeto con el mundo que lo rodeaba. Para suplir la falta de independencia y movilidad del habitáculo, se pasa a adoptar el formato “traje autónomo”, que permite al protagonista asistir al instituto y convertirse en el bicho raro que supera finalmente las dificultades, necesario en toda película de cine acné. Sin embargo la realidad no resultó tan amable. La primera vez que David Vetter abandonó su burbuja fue gracias a un traje espacial hecho a medida que aportó la NASA, pero fue todo un fracaso ya que David había crecido con un miedo irracional a los gérmenes, por lo que dejar la burbuja se convertía en una tortura.
 
Imagen del niño burbuja David Vetter dentro de su habitáculo estéril / Fotograma de la película The boy in a plastic bubble, 1976
Bajo el estigma del niño burbuja, durante décadas estas atmósferas individuales parecían estar reservadas a casos excepcionales como el de Vetter. En los últimos tiempos la cosa parece cambiar al ritmo de las nuevas transformaciones sociales. Tras años de debate acerca del impacto del tabaco en los entornos respirables, se ha pasado de una sociedad en la que fumar constituía un signo de distinción propio de galanes cinematográficos, a una persecución en la que los fumadores adoptan el rol de villanos. Rescatando el espíritu de estos ambientes individualizados, los arquitectos americanos Elisabeth Diller y Ricardo Scofidio plantean una propuesta de atmósfera individual en su instalación titulada No [No Smoking] presentada en Amsterdam en 2008. En la batalla entre las libertades individuales y la responsabilidad colectiva, el fumador se ha convertido en un icono conflictivo. La solución propuesta hasta el momento por la sociedad consiste en apartar el problema arrojando a los fumadores fuera de los lugares donde no se puede fumar convirtiéndolos en figuras solitarias en la acera. Nace así un nuevo tipo de fuera de la ley urbano: el fumador.
 
Proyecto No [No Smoking]. Instalación no realizada por los arquitectos Diller y Scofidio en Amsterdam, 2008
En un deseo de utilizar la arquitectura al servicio de este sector social, Diller y Scofidio plantean una red de espacios privilegiados en la ciudad en los que los individuos pueden fumar sin culpabilidad de manera individual, a la vez que se conectan con una ciudad virtual de fumadores situados a su alrededor. A modo de chimeneas, estas coberturas de espacio colgantes están dotadas de un sensor que oscurece la cara de su usuario preservando su anonimato a la vez que activa una pantalla táctil que conecta con una red privada en cuanto detecta la primera calada. Esta instalación va un paso más allá de la separación de ambientes que se da en algunos puntos para fumadores instalados en espacios públicos. No [No Smoking] propone una atmósfera individualizada que media en un conflicto generado por un cambio de actitud en la sociedad. Igual que este, pueden producirse otros cambios de parecer sobre el uso del móvil o la contaminación de las ciudades que haga necesaria la proliferación de cualquier otro tipo de atmósferas personalizadas. Eso implica que nuestro futuro como niños burbuja es aún incierto, pero nunca se sabe.
 

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